Reutilizada y reinterpretada desde la actualidad, la mitología – quizás por su juego seductor de ficción y fantasía – permite una aproximación a la realidad desde cierta distancia y protección. Así, el discurso mitológico se abre a otros contextos y se convierte en una herramienta presente en muchas construcciones culturales que asumimos casi sin darnos cuenta de ello. Algo parecido ocurre en el trabajo reciente de Lucía Lara y en su lecura – desde el arte – del mito de Pandora. Un punto de partida que lleva a la artista a la revisión (obsesiva y repetitiva) de la femme fatale tan potenciada posteriormente desde el cine.

Pese a que el mito de Pandora es harto conocido, vale la pena comentarlo brevemente. Resulta que Prometo desveló a los hombres el secreto del fuego. Como castigo, Zeus ordenó la creación de una mujer (la primera, versión griega de Eva) que fue repleta de virtudes por parte de los dioses. Belleza, persuasión, habilidad… aunque también (gracias a Hermes, mensajero de los dioses y de la voluntad divina) obtuvo otras cualidades más dudosas como la mentira o la falacia. Zeus le entregó también a Pandora una pequeña ánfora que no podía abrir (puesto que contenía todos los males) y que debía entregar a Epimeteo el día de su boda (el hermano de Prometeo, que se enamoró de ella) . Pero claro, Pandora abrió la caja y así se esparcieron por el mundo todas las desgracias humanas (la enfermedad, la ruina, el vicio, la tristeza…), cerrándola para dejar en su interior únicamente la esperanza.

Con un argumento de tales características, no es de extrañar que dicho mito haya sido utilizado en muchas ocasiones para explorar la confección de cierto ideal femenino; un modelo de mujer capaz de romper los esquemas establecidos y convertirse – pese a su siempre mala fortuna – en un símbolo de libertad e inconformismo. Quizás una especie de pre-feminismo mal entendido. Una actitud liberadora muy extendida en el arte y la cultura del finales del siglo XIX y principios del XX.

Considerado como un precursor del expresionismo en arte, el dramaturgo alemán Frank Wedekind (1864 – 1918) y su adaptación del mito en la obra La Caja de Pandora (1904) supone un momento clave para entender las intenciones y el porqué del proyecto expositivo de Lucía Lara. Wedekind buscó con este posicionamiento un primer intento de liberación integral de la mujer como denuncia a la hipocresia y las desigualdades sociales de su época. A partir de la adaptación de Wedekind y la primera construcción de Lulú, se sucedieron otras versiones deudoras de dicho icono, como la ópera inconclusa Lulú (1935) de Allan Berg (1885 – 1935) o la película muda La Caja de Pandora (1929) de Georg Wilhem Pabst (1885 – 1967), referente directo para Lucía Lara.

El film de Pabst, con una Louise Brooks (1905 – 1985) en el papel de Lulú (actriz estadounidense que quitó el puesto a Marlene Dietrich) supone la primera construcción cinematográfica de la femme fatale, una nueva visión de la mujer (surgida durante el romanticismo desde una mirada masculina) que se ha convertido con el tiempo en estandarte de cierta posición femenina. Algo que Lucía Lara rescata para llevarlo a su terreno y ofrecer una nueva lectura de un personaje mitificado y cargado de significaciones de todo tipo: fascinación, incomprensión, deseo, maldad, osadía, ambición desmedida, ausencia de sentimientos… No obstante, y a diferencia de otras femme fatale de la historia del cine, como Marlene Dietrich o Ava Gadner, el personaje de Lulú de Pabst (y también el de Wedekind) refleja de forma voluntaria un elemento de fragilidad y de inocencia (algo cercano al concepto de Lolita incluso) que Lucía Lara también incorpora a sus diferentes personajes. Algo que casi se traduce en el film en una especie de condena, de tristeza o de imposibilidad. Por otro lado, y al margen del claro portagonismo de Lulú, el film de Pabst incorpora un aspectoclave en el papel de la amiga-protectora de Lulú, según muchos historiadores el primer personaje lésbico de la historia del cine, y quizás el único personaje capaz de entender y cuidar a Lulú.

En este sentido, la fascinación explícita de la artista por el mito, y sobretodo por la adaptación cinematográfica del mismo (no hay que olvidar que evidentemente la película de Pabst fue prohibida y censurada en su momento por el nazismo), ofrecen un estereotipo femenino muy determinado. Un personaje – a su vez un alter ego de ella misma – que se exhibe abiertamente como imagen en presente del mismo mito de Pandora. Un trabajo, en este caso videográfico, que aporta una vuelta de tuerca más a algo que, nos guste más o menos, forma parte de nuestro imaginario colectivo. En este sentido, la fascinación (por su capacidad de seducción) y la puesta en duda (por su artificialidad) de dichos roles articulan los cinco videos presentados por la artista en L’Aparador. Trabajos en los que sus habituales personajes femeninos, que hasta ahora había trabajado principalmente en fotografía, se nutren de multitud de referentes propios del contexto cinematográfico (como la propia Lulú, la figura de la vamp, Marilyn Monroe, el cine de David Lynch o Betty Page) para invitarnos-provocarnos-seducirnos-cuestionarnos a partir de un juego de apariencias múltiples que desdibuja de un modo sutil los límites entre la realidad y la ficción.

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